FEBRIÁN 2013-14



Nieve en Berlín
  
   Hoy la tramontana atraviesa los cristales y las puertas se cierran y se abren sin concierto, emitiendo una melodía disonante. Hace ya varias semanas que insiste en despojar de sus últimas hojas a los árboles supervivientes y en teñir el mar de un cobalto pespunteado de espumas.

   El breve recorrido del sol otoñal no evita el frío que atenaza los dedos e impide que fluyan por el teclado. El calor de corto alcance de la chimenea funde los pensamientos ateridos y el dry Martini amateur los eleva apenas por encima del suelo. Un mensaje de móvil anuncia nieve en Berlín y actúa como sortilegio para sentarse ante la hoja en blanco, por fin.




Tramuntana 


   Avui de matinada, Èol ha descordat altre cop el sac i la tramuntana ha començat a bufar, primer de puntetes i ara violenta, empenyent els núvols que impedien la vista del Canigó.
       
   La tramuntana d’avui és fluixa, no és temporal d’hivern. Aquesta nit es veuran les estrelles, fins i tot la Via Làctia, que a les nits d’estiu omple de llums el cel i el converteix en un mant d’ermini.

   El nostre faralló és amable i deixa passar camins que ens connecten amb el nord. No tenim consciència de sud, és més, seguim pensant que som el nord d’alguna cosa.

   El nostre mar no juga a seduir la costa, anomenada Brava tot i no tenir cap força més enllà de la seva bellesa. No s’estira i s’arronsa, es manté cortès en els seus dominis, sense molestar ni envair terra ferma.

   El cap de Creus, el nostre mar de pedra, és de roca  porosa i dibuixa penya-segats que fan ferides a la costa i la converteixen en dits que s’endinsen cap a terra. Malgrat tot, és transitable i tan bell que va ser triat pel Pintor com a inspiració i marc per a la seva obra.
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   Els camins que travessen el nostre Pirineu en fase terminal van acollir  els qui anaven, forçats o no, cap a un exili penós. Les platges d’Argelès són testimoni encara del fred d’hivern d’aquells anys de postguerra i al cementiri de Colliure  hi descansa el Poeta, mirant el mar.

   Els últims versos, en què evocava uns dies blaus i un sol d’infància, jeuen adormits pel balanceig de les onades, suaus ara, bressolades pel sol d’estiu que, amatent, escalfa la sorra on juguen els nens lliures.



Las siete

    Mi despertador ha sonado a las siete de la mañana casi desde que tengo uso de razón, si es que alguna vez lo he tenido. En Las Rozas sonó desde el primer día de curso hasta el último.

   El sol sale en Madrid más tarde que en Barcelona. Los catalanes, siempre a la vanguardia, lo recibimos primero.

   El dormitorio del adosado de Las Rozas era enorme, como el resto de la casa. Unos inmensos ventanales daban al jardín, en primer plano, y al monstruo, a lo lejos.

   Las cuatro torres eran mi Pedraforca, y no era la nieve lo que reflejaba el sol, sino el cristal y el metal de diseño. El ser humano frente a la naturaleza. Un oasis de metal y piedra en medio de la nada más árida y absoluta.  Una columna vertebral con extremos en el secarral del sur y el vergel del norte y vértebras en los barrios obreros del este y los adosados del oeste.

   Hace un año, por estas mismas fechas, el sol salía casi por el este, y mi café coincidía con los destellos rojizos sobre las torres y la salida triunfal de la bola naranja, que lo cegaba todo al cabo de pocos minutos. Solía desayunar en la cama, una vez marchaban, a las siete y media en punto. Antes, me ocupaba de ellos y les despedía en la puerta, aprovechando para contemplar la vista del otro lado, del no-monstruo, la sierra, aún sin nieve. Me llevaba a la cama algunos libros, el periódico, la radio, y tomaba el café contemplando diariamente el milagro de la luz.

   A medida que nos adentrábamos en el otoño, el sol iba saliendo cada vez más tarde y más hacia el sur. Su salida ya no coincidía con mi café y era yo quien le esperaba a él, en lugar de él a mí.

   Cada vez le esperaba más tiempo.

   Llegó una época en que se hacía tanto de rogar que me volvía a quedar dormida, rodeada por mis libros sin abrir. De repente, una mañana empezó a llover y el sol ya no salió, sin avisar, sin decirme dónde podía encontrarle. El monstruo desapareció en la niebla y las torres ya no volvieron a convertirse en teas.

   Sin referencia temporal ni espacial, me quedé paralizada. No podía despertar. Despertar era volver a un lugar desconocido. Nada ni nadie me reclamaba.

   No sé cómo, viajé a mi mar para el 12 de octubre. Recorrí mi playa entera, me empapé de arena, de luz, de felicidad. Me reencontré con Álvaro y le abracé fuerte, muy fuerte, como sólo se abraza a un amor verdadero.

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   El tiempo, que hasta entonces se había detenido, fluyó rápido, demasiado rápido, y me hallé de nuevo en un coche, de vuelta al monstruo. Llovía fuera, diluviaba. Llovía dentro, también. Las lágrimas de Ana se diluyeron en la lluvia.

   Paramos en una gasolinera y, al salir del coche, la temperatura había bajado tanto que comencé a tiritar de frío, como no me había ocurrido jamás. Temblaba entera, sin poder hablar. Pero no lloraba. El viaje fue silencioso. Sólo se escuchaba la tormenta. Tráfico, atasco. Regresamos a Las Rozas a las doce de la noche. Un trayecto de más de diez horas, para las seis que bastarían en condiciones normales.

   Y más silencio.

   Nos fuimos directos a la cama. Todos.

   El dolor de cabeza y el temblor seguían, no cesaron en toda la noche. Lo único que me permitía continuar era la certeza de que podía existir otra manera de vivir y que esa manera estaba en mis manos.

   Me volví a despertar a las siete, como siempre, y mi cuerpo obedeció hasta las siete y media. Después, la tristeza ganó la batalla y se instaló, con idea de quedarse. Mis días transcurrieron en un estado de letargo sólo interrumpido por las obligaciones y la mirada interrogante de Ana, que me suplicaba, sin palabras, ayuda.

   Y mientras, silencio.

   Otro viaje al mar para el 1 de noviembre y un punto de inflexión. La certeza del no-futuro. El monstruo no puede, no debe estar en mi futuro.

   El sol cada vez salía más tarde, la niebla cada vez lo ocutaba más, la lluvia tomaba el relevo de mis lágrimas. Y no lloré. Busqué el modo de salir de la cama. Por lo menos de la cama. Yo sabía que una vez saliera de la cama, saldría a la vida.

   No tardé más de una mañana en localizar el curso de la Autónoma. Llamé, hablé, decidí. Esa misma tarde se inauguraba.

    Vencí mi miedo a las arterias del monstruo y me monté en mi BMW.
 
   La clase terminó a las siete. La daba C. M. y parecía que hablaba sólo para mí.
 
   No te conocía aún. Eso vino después. Esa es otra historia.
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