ALLICA 2012-13



YO LO QUE NECESITO ES VOLVER SENTIR

La sorprendió con otro. No fue una sorpresa, ya hacía tiempo que lo intuía; su matrimonio nunca había sido idílico. Cuando abrió la puerta y se los encontró, desnudos, con los músculos contraídos y la piel reluciente, entre gemidos y suspiros, se quedó mirando. Aún sin sorprenderse notó algo quebrándose en su interior y supo que las grietas permanecerían ahí hasta que todo se derrumbase.

No se percataron de su presencia. El orgasmo era inminente. Abatido, se alejó del cuarto mientras su mujer se corría.

En la calle todo se movía. Todo vibraba. El mundo parecía difuminarse en un constante ajetreo y él sentía una soledad que le desbordaba. Cómo deseaba poder fundirse con todo. Cesar de ser esa individualidad patética y rota para disiparse en la multitud. Tal vez así su dolor se diluiría en los lamentos que la ciudad ocultaba entre bloques de pisos y callejones abandonados.

Su conciencia le pesaba. Se arrastraba tras él sin dejar marca en las aceras. Falto de rumbo anduvo, esperando toparse con el olvido o con un atisbo de lo desenfrenado. Algo en lo que poder zambullirse y flotar sin esfuerzo. Imaginó un lago negro escondido entre laderas escarpadas y grises. Quiso quedarse en ese cobijo de su mente y bucear eternamente en sus aguas oscuras.

Solo y perdido encontró una calle sin salida en la que unos mendigos disfrutaban de cartones de vino y cigarrillos extinguidos hace tiempo. Hablaban ávidamente entre sí, despreocupados y congregados alrededor de una radio de la que brotaba música clásica. Sus carcajadas rasgadas acompañaban a la sinfonía. Pensó en acercarse y unirse a ellos. Dejar todo atrás y convertirse en un ser anónimo más. Un hijo bastardo de la ciudad. No lo hizo. Entendía que él no era como aquellos hombres y, por más que quisiese, nunca lo sería. Ellos habían perdido todo y les envidiaba por ello. El que hace una bestia de sí mismo se libra del dolor de ser hombre.

Era un reflejo de su vida; aislado de todo lo que le rodeaba y asfixiado por un manto invisible que no hacía más que separarle de la realidad, entumeciendo sus sentidos y pensamientos pero permitiéndole ver cómo el mundo se desenvolvía sin él.  Echándole en cara lo prescindible que era. Insignificante. Dio media vuelta y siguió caminando.

Llegó al río mientras la noche comenzaba a cernirse sobre la ciudad. Destellos anaranjados salían despedidos del agua y bailaban sobre el viejo puente. Eran los últimos rayos de sol. Pronto el día acabaría y la urbe mutaría a un ser más amable con los atormentados. Quitarse la vida siempre había sido una idea que rondaba su mente, susurrándole frases envenenadas, llenas de una sinceridad que él nunca había tenido consigo mismo. Al ver como el río se tornaba oscuro y sus aguas fluían, imperturbables, quiso morir para convertirse en uno con él. Como siempre, la cobardía pudo con su afán suicida. Repugnado por la lástima que sentía hacia si mismo continuó su peregrinaje hacia ninguna parte.




ELLA AMABA A ANDRÉS

El alboroto urbano se fue desvaneciendo según subía las escaleras. Era una tarde cálida de marzo. De esas que se esconden entre lluvia y viento y que dotan a todo de una extraña luz. No llevaba mi chaqueta puesta, pero con el ascenso hasta el tercer piso comencé a sudar. Comprobé que no me equivocaba de puerta y llamé al timbre, apresurándome a secar los brillos de mi frente sudorosa con un pañuelo.

Así fue como la conocí. La mujer que se convertiría en mi obsesión abrió la puerta sin preguntar quién era y me invito a entrar.  El interior del piso estaba sumido en sombras y había un olor rancio que ni el perfume de la mujer conseguía ocultar.

-Encantado, Emilia. Soy..

-No hace falta. Eso es lo de menos. Llámame Emi.

Su mirada planeaba sobre mí en la penumbra del recibidor, como intentando vislumbrar algo familiar. Sus ojos parecieron humedecerse pero antes de que cualquiera de los dos nos pudiésemos incomodar me acercó una bolsa con ropa y unos zapatos.

-Toma. Póntelo mañana, cuando vuelvas.

Cerró la puerta a mis espaldas y me quedé un rato quieto, pensando, entre asombrado y desconcertado. Los sollozos se escapaban a través de la puerta.

Dentro de la bolsa encontré unos folios con instrucciones precisas de cómo debía actuar, hablar y moverme durante las horas que pasase con ella. Mi papel era el de Andrés, esposo de Emilia,  con el que había gozado de unos intensos y felices años de matrimonio, cortados prematuramente por un balazo días antes de que la guerra finalizase.

Durante los próximos meses subiría hasta esa misma puerta todos los días, vestido con las ropas que mi misteriosa anfitriona me había mandado vestir. Al entrar en el piso yo quedaba atrás para dar paso a Andrés. Sus pasiones y gestos transplantados.

No podía quejarme; la paga era más que generosa y esta empresa particular venía con algún que otro placer complementario. Todas las noches, antes de terminar mi jornada, Emi me preparaba la cena, un verdadero festín pues era una cocinera fabulosa. Hablábamos y reíamos, como los jóvenes enamorados que habían sido, bebiendo vino hasta que las pasiones de nuestro amor simulado nos empujaban al dormitorio. Luego ella caía, derrotada, y yo me deslizaba en el silencio del piso hasta la puerta.

Disfrutaba cada vez más de su compañía. Deseaba que fuese mía y no del Andrés que ella veía en mí. Emi había vertido todo recuerdo de su amado en mí, un intento desesperado de recrearlo; pero cada día que pasaba aquel recuerdo se diluía más en mi ardor por tenerla.

Una noche, mientras cenábamos los dos callados, entre roces de cubiertos y platos, le pregunté si me amaba. Se quedo mirándome unos instantes, sonriendo, sus ojos como perdidos.

-Pues claro, amor mío.

-No. ¿Que si me amas a mi?

Su sonrisa quiso deshacerse, pero algo la mantuvo fijada a sus labios pintados. 

-¿Que si me amas a mi?

-No entiendo Andrés…

-Andrés está muerto.

Noté como el peso de mis palabras llenaba todo el comedor. Bajó la mirada y empezó a soltar sollozos, por más que intentase contenerlos. Sentí que debía insistir, Andrés debía desaparecer; solo así ella podría ser verdaderamente mía.

-Hace diez años que la guerra terminó. Déjalo.  Ahora me tienes a mí. Seré…

Antes de que pudiese continuar, Emi se levantó y se dirigió hacía el pasillo, intentando escapar de mis palabras. Enajenado de amor y alcohol fui tras ella, implorando que se olvidase de Andrés y me tomase a mí. Ella solo lloraba y lloraba en medio del pasillo.

-Cállate. Cállate por favor-  me suplicaba.

Su grito desesperado apagó mi discurso. Nos quedamos ahí, entre su llanto y mi silencio.

Se limpió la cara y me llevó del brazo hasta una puerta por la que jamás había entrado. Temblorosa, sacó una llave de su bolsillo que traqueteó contra la cerradura hasta acertar. La puerta se abrió a un cuarto oscuro del que emanaba ese olor rancio.

Tubos de todos los tamaños brotaban del cuerpo que emitía pequeños ruidos mecánicos, a la par que su pecho hundido subía y bajaba. Los ojos desorbitados miraban hacia el techo, vidriosos y opacos, como canicas usadas. Aquello era lo último que quedaba del hombre al que ella amaba. Una carcasa vacía y frágil.  Y no había nada que pudiese reemplazarle, ni siquiera su reflejo pálido en mi ser.

 Nunca me amaría. Ella amaba a Andrés.



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