ALONSO 2012-13



Manifestación.

Verbo y Forma. Puro racionalismo, empirismo idealizado. Voz y oído, moviéndose todos en el mismo espacio. Han llegado ahí movidos por las mismas consignas “Por una educación del pueblo y para el pueblo”. Los receptáculos fuera de esa hora parecen dormidos. Juntos, en el instante, se sienten muchos. Pero solo hay unos pocos. Y grita una voz y las otras la imitan. Ruido igual a Fuerza. Silencio igual a…

Se encuentran Sosiego y Pánico, bajo formas diferentes, mismos motores idealizados.
Hipocresía e Ingenuidad, cogidas de la mano, se prometen amor eterno.



Canción de cuna.

La brisa se zambulle en sus lágrimas. Melodías circulares abrazando, en silencio, su tristeza. Suavemente, se balancea en la corriente. Se deja sumir en la canción del lamento que cae. Sus mejillas se enrojecen; se preguntan dónde queda el destello del amanecer. Las hojas no necesitan del susurro del sol para saber cuando morir.

La nana que mece su angustia descubrió el secreto del otoño.






Ave fénix.

Uno piensa que a los 32 años su vida tiene ya muy claro por qué raíles debe encauzarse. Había cumplido con lo que de él se esperaba a los diez, a los veinte, a los treinta. En todos los capítulos de su vida había sabido quién era y hacia dónde se dirigía. Siempre había sido un hombre de fuertes convicciones. Sus amigos opinaban que era demasiado cerebral. Poco hecho a la aventura, creía que era mejor permanecer sentado en un banco viendo errar a decenas de caminantes delante suyo que levantarse sin saber cuál sería la vía más corta para alcanzar su meta. Racionalizar hasta la médula de la medusa. Incluso en los juegos del amor su modus operandi no cambiaba. Dadas dos opciones, él se decidiría por aquella que le jurara una fidelidad envasada en latas de sardinas. Le gustaba enumerar sus logros y fracasos, siempre separándolos en dos columnas bien diferenciadas. Según el día y la hora se decantaba por unos o por los otros.
Así, Oscar era un hombre de 32 años de edad con un puesto estable como gerente en una empresa de fabricación de piensos. Tenía un sueldo que le permitía irse una vez al año a esquiar y otra a veranear a la costa. Estaba pagando un espacioso apartamento donde iban a vivir su mujer y el hijo que estaban esperando. Orientado al este, las vistas de la ciudad eran inmejorables cuando se disponía a salir al balcón con un libro en una mano y una taza de café en la otra. Fácil era sentirse el rey del mundo en su gustosamente organizada existencia. Si solo su bloque de pisos no hubiera tenido terraza… Aún estaría disfrutando de un cómodo paraíso.
Eran los últimos días de abril. El tiempo no se había mostrado muy dado a ésos paseos que tanto le gustaba tomar por el parque. La lluvia tenía un efecto extraño en su cuerpo. Lo aletargaba; emblanquecía su mente hasta tal punto que bien podía levantarse un día después del chubasco y no recordar qué había hecho durante el día anterior.
Pero esa tarde, el sol decidió asomar la nariz por los resquicios de unas nubes que le daban una tregua. Así que decidió subir al tejado y colgar la ropa que esperaba, desde hacía unas horas, a que se la sacara al viento. Se puso la chaqueta verde. A pesar de que el tiempo había mejorado seguía haciendo ese fresco que enseguida se hacía confidente de tus huesos. Cerró la puerta sin pasar la llave y, con ambas manos sosteniendo el canasto de la ropa, se predispuso a subir las estrechas escaleras que llevaban a la azotea. ¿Por qué habría tan poco espacio entre pared y pared? Apenas cabían él y cesta. Un paso en falso y sus dientes encallarían en el muro. Además, la ausencia de luz en ese tramo contribuía a que uno esperara casi con fervor el momento en que los ojos encontraran las baldosas rojas del suelo de la terraza. Y, por fin, ese momento llegó…
Pero lo que encontró no fue la barandilla de metal que siempre le entretenía la vista ni el nido vacío que llevaba ya dos primaveras esperando, en un rincón del patio, a que algún pajarito quisiera confiar allí su familia; ni los coloridos geranios de la vecina del sexto. De hecho, todo estaba en su sitio, pero la figura de la mujer sentada en la barandilla con la cara vuelta hacia su espalda le capturó todo pensamiento. No se inmutó cuando lo oyó gritar que no lo hiciera, que bajara y hablara con él. Oscar se dio cuenta de ello. Se calló, dejó la cesta de la ropa y cuando se disponía a acercarse a esa mujer, ella habló:
- Esta mañana me he dado cuenta: con 44 años solamente he vivido dos días. El resto de mi vida, he ido andado en círculos, empujada por la gente, alentada por palabras vacías. Y se supone que al nacer Dios te regala una vida para ti, para que la disfrutes y la exprimas. ¿Cómo hacerlo si te dejas morir? Si cambias tus deseos por convenciones… Si me pidieras que te explicara mi vida te contestaría que escogieras a cualquier persona que caminara por la calle y se lo preguntaras a ella. Esa ha sido mi vida. He estudiado, me he casado y he tenido hijos. Y no es que no quiera todo lo que me ha dado la vida. Lo hago, pero no soy yo quien los quiere. Es la que ha quedado después de años de erosión… - suspiró. Ella seguía sin mirarlo a la cara.
Oyéndola hablar le daba la sensación de estar frente una oradora que llevara horas charlando sin interrupción, con un discurso ya muy estudiado. Él aún seguía plantado delante de ella  
- Ayer me levanté con un dolor de cabeza terrible. Por eso llamé al trabajo y dije que no podría ir. Me tomé dos pastillas y me acosté. No había nadie en casa así que tanto daba a qué hora hiciera la comida o cuándo sacara a pasear al perro. No me pude dormir y decidí dar un paseo por el parque que está al lado de mi casa. Llovía pero no me di cuenta. Por eso no cogí el paraguas. Al salir, tampoco noté las gotas que me iban empapando, poco a poco, y cuando llegué al parque ya era demasiado tarde para volver a casa y resguardarme. Continué andando y llegué al lago donde siempre vamos con los niños a dar de comer a los patos. Me asomé desde la barandilla del puente y miré el reflejo de mi cara en el agua revuelta. Y me imaginé cayendo. Caí durante mucho rato, pero no entendía porqué: el puente y el agua no estaban tan lejos como para tardar tanto en hundirme. Y esperando chocar, me desmayé. Cuando volví a abrir los ojos me encontré en brazos de un desconocido. Suspiró cuando me moví. Estábamos dentro del lago. No me preguntó cómo había acabado allí y, aunque lo hubiese hecho, yo era la primera que desconocía la respuesta. Sin mediar palabra salimos del agua y, entonces, cuando nos volvimos a mirar, lo reconocí. No me fue muy difícil porque él era yo. Era como si de mi caída mi alma se hubiera partido en dos y de allí hubiésemos quedado solamente él y yo. Quién había sido antes de la caída ya no importaba. Qué haría después de ése renacer era la cuestión… - Entonces ella calló y, como si acabara de darse cuenta de que no estaba sola, miró al chico que tenía delante.
La lluvia que ella le había estado describiendo se había abierto paso entre las brechas de los muros de él. Se estremeció, muy adentro. Olvidó cómo había llegado hasta la terraza y se fue acercando a la mujer. Se sentó a su lado. La miró y, mientras iba aproximando su brazo al de ella tuvo la sensación de ir cayendo, poco a poco, en un profundo sueño.



Viaje a priori.


Las horas que preceden la marcha no encuentran lugar ni tiempo. No se mueven en el espacio hacia el nuevo destino pero tampoco permanecen en el lugar desde donde se parte. La imaginación se avanza al río: antes de entrar en su curso, ya siente el resbalar del agua sobre su piel; entre sus dedos se cuelan los peces que nunca podrán retener; sus cabellos ondulan al ritmo de la corriente.

De la misma manera, uno piensa dónde deja el sombrero cuando llega a casa; cavila sobre el asiento donde le toca esperar; planea qué cenar; se inquieta meditando quién es su compañero de viaje. Coge las maletas y las llena de fieles objetos que enseguida se ofertarían a la pérdida, pues la inconsciencia a lo peor te cuesta cambios. Igual hoy no para el tren; igual hoy no da cobijo a los vagabundos; igual hoy decide no salir nunca más. Igual hoy la estación permanece cerrada. Pero igual mañana ya vuelven a encender las luces y le permiten seguir a uno con el destino premeditado. Si es así, probablemente sube el último escalón (parpadeo). Escoge su asiento (respiro); nadie conocido. Se pregunta si es normal que prefiera que el sosiego preceda a la calma. Intuye dónde es mejor reposar la mirada para que no descubra puertas en las que no le interese entrar. Cada encuentro nuevo enraíza demasiado profundo en uno si lo comparamos con el pequeño trozo de uno con el que se paga el contrato (parpadeo). Pero, aún así, existen lazos sobre los que uno no puede imponer su voluntario autismo y le obligan a caer en sus espejos. Capturan un pedazo de la energía de uno y le hacen escuchar, más de cerca, su mantra. Luego, se despiden. Rompen así la burbuja con la que se habían protegido de aquello que mora fuera. Solamente en unos pocos reencuentros pasa de la manera descrita. Queda entonces preguntarse si ese hallazgo significa un paréntesis en su existencia… O es, más bien, su vida la que actúa de paréntesis de ese encuentro. Igual, al final, todo es una simple interrupción en la muerte de uno que pasaría a ser un continuo ser y no un no ser. Pero igual los sentidos le engañan a uno y, en realidad, nada acaba nunca.

Sea como fuere, presiente que estará siempre en el mismo vagón esperando esa burbuja que no se quiebre ni habiendo alcanzado miles de veces el final del trayecto (respiro). Sube el último peldaño.


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