ALAÑÓN 2012-13


Techo gris

Decenas de manchas apresuradas, estresadas y estresantes, se difuminan y se disuelven en los andenes. Las manchas, como las gotas que forman un charco, se convierten en multitud. Varias capas de cemento del techo le sirven de cielo, un cielo nublado. Tan gris, tan apagado... Una suave y repentina corriente de aire nos avisa. Llega la tormenta, con su estruendo y sus nubes negras, ansiosas por escupir todo lo que puedan en forma de lluvia. Una lluvia de rostros inexpresivos y de siluetas desdibujadas. Fugaces, se pierden en el horizonte de las escaleras. Mientras, las nubes disfrutan de ese efímero instante en el que están vacías. Saben que poco les durará pues las puertas del metro ya están hambrientas, listas para absorber y engullir con impaciencia a todo aquel que las espera.


Una nueva historia

De blanco, del color de la ignorancia confundida con inocencia, había envuelto el regalo que quería darle a la Imaginación. Atado con fina cuerda negra y con cierta elegancia, y ya estaba listo. A falta de lazo, solo quedaba un pequeño detalle: unas gafas a juego. Para que no se diga que no piensa en ella, que no la tiene en cuenta... ¡Cómo iba a olvidar esas montañas de cristales hechos añicos y monturas rotas durante todos estos años!

Ya era hora de darle el regalo. La llamó desde su habitación y en cuestión de segundos ya estaba allí, asomándose con timidez por la puerta. Le sonrió, haciéndole un gesto para que se acercara. Tan agradable y dulce como siempre, la Imaginación, mirándolo con curiosidad, se sentó a su lado. Él, le tendió el obsequio y se limitó a darle un beso y decirle: “Para  ti”.

Aún con  la mirada curiosa puesta en él, empezó a desenvolver el regalo y al descubierto quedó su contenido. Hojas y hojas de papel, todas tan blancas como el envoltorio. Rozó el borde de las hojas con un dedo, haciendo que se movieran ligeramente, y sonrió: “Aquí volaré para ti.”


Separados

Un recuerdo borroso aparece como un destello intermitente pero intenso en dos mentes distintas, reflejo de dos realidades totalmente opuestas. Es el recuerdo de otra vida cuya existencia solo sería posible en los sueños. Un recuerdo que aunque ninguno de los dos reconociera como real, lo era más incluso que sus respectivas y actuales vidas. Eran unas vidas tan contrarias que el hecho de que se cruzaran en algún punto era inimaginable.

Así entonces ambos siguieron caminando, dando rodeos y cambiando el rumbo en varias ocasiones pero aún sin encontrarse. Les siguió persiguiendo aquel extraño recuerdo. En él, ninguno de los dos estaba solo... nunca. Ella, Rosa, que sin bien saber por qué, siempre había estado sola. La familía para ella era una palabra del todo desconocida. Aún así, había pasado toda su vida ayudando en busca de algo de alivio a aquellos que más sufrían las consecuencias de la división. Él, Alfredo, sin embargo, siempre había estado rodeado de gente, pero era gente vacía. Para él,  “familia” tampoco tenía significado, de hecho, odiaba al mundo entero por eso. De ahí que acabara en las filas del ejército, pistola en mano, la cual no vacilaba en usar.

Por pura casualidad, un día sus vidas se cruzaron de la peor manera posible. Las relaciones entre las dos partes del país cada vez eran más tensas y el conflicto inminente. El sur, harto de la rebeldía, envío al ejército a las tierras del norte y empezó la devastación. Movido por la ira, Alfredo, como el resto de militares, hacía volar las balas en todas las direcciones, una de ellas encontrándose desafortunadamente con Rosa, que cayó al suelo, de rodillas, al atravesarle el hombro. No había podido quedarse de brazos cruzados en su casa como el resto de las mujeres. Pasados unos segundos, Alfredo notó una punzada en el pecho, corrió hacia ella sin pensarlo y la levantó del suelo. Sentía una extraña sensación que nunca antes había experimentado, era arrepentimiento; al mirarla a los ojos, aquel destello volvió a aparecer en su cabeza.

Rosa se dejó arrastrar hasta la ambulancia, acompañada todo el tiempo de Alfredo. Su vista era borrosa, desenfocada y no entendía nada, y en su cabeza, el recuerdo volvía a perseguirla, una y otra vez. Se sentía muy débil, había perdido mucha sangre. En el hospital, creyó oir voces y palabras sueltas: “transfusión”, “ya”,“vacío”,“familia”, “no”, “morirá”; y perdió del todo la consciencia. Paralelamente, Alfredo hablaba con los médicos. A causa de la división, el banco de sangre del hospital del norte estaba a niveles muy bajos, no había suficiente del tipo AB, el de Rosa, y le preguntaron a él si podría hacerse un análisis para saber si su sangre era compatible.

Aceptó. Para su sorpresa, no solo le dijeron que era compatible sino que compartian más de la mitad de su ADN. El recuerdo se aclaró y tomó forma. Era real, Rosa era su hermana.


Realidad distorsionada

Olvidado en el borde de la carretera, había un regalo que esperaba ilusionado a que un caminante con la mirada perdida en las nubes se tropezara con él.

Hoy tendría suerte.

Pasaba por ahí un chico con aire despistado, que dio de lleno con el extraño paquete. Así entonces, se miró los pies y un interrogante se dibujó en su cara. “Unas gafas, ¿para qué? Si yo veo muy bien...”, pensó y apartó acto seguido las gafas para quitar el envoltorio blanco. Si antes su expresión era de clara confusión, una vez abierto, el pobre no podía sentirse más confuso.

Ante sus ojos, una caja de cartón que estaría totalmente vacía de no ser por una pequeña nota: “Vemos lo que queremos ver. Abre bien los ojos”, ponía en letra cursiva. La cogió y le dio la vuelta, pero no había nada más escrito en ella.

El chico empezó a pensar y pensar sobre aquella caja tan extraña. ¡No podía ser una simple caja! Vaya, eso lo tenía muy claro pero no entendía nada. Suspiró, se encogió de hombros y se quedó ahí inmóvil largo rato, con la mirada fija en la caja hasta que de pronto se acordó de las gafas. No tenían nada de especial y, de hecho, le parecían bastante feas. Pero, de todos modos, se le ocurrió que tendrían algún propósito. Se las puso y se acercó la nota para leerla, con la esperanza de que cambiara o pasara algo.

Las palabras ya no eran las mismas. Ahora, ni siquiera eran palabras. Grupos de letras que a simple vista carecían de sentido, pero para él sí tenían un significado. Al fin había comprendido todo.

“Vemos lo que queremos ver”.


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